Maldades y verdades de la Agricultura Industrial

El derecho a la alimentación es algo básico, es un derecho fundamental para la vida, pero aún así se ha permitido que la alimentación pase a ser una mercancía.
El modelo agroindustrial actual se apoya en 3 instituciones internacionales: el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio. Con el soporte de las mismas se ha liberalizado el comercio internacional y se ha dado prioridad a un modelo agroexportador, dejando de lado la producción interna de distribución regional y local. Este modelo se extendió a partir de la llamada Revolución Verde, que con el fin de aumentar la producción alimentaria, llevó a una intensificación y mecanización de la agricultura, y se incorporaron semillas híbridas o de alto rendimiento, junto al uso de gran cantidad de insumos químicos. La compra de estos paquetes tecnológicos supuso una dependencia externa, con unos costes muy elevados no asumibles por los pequeños agricultores, y tuvo como consecuencia un empobrecimiento de la tierra y un gran éxodo rural.
En cambio, sí que favoreció a grandes empresas y latifundistas, perdiéndose la capacidad de la población de autogestionarse y alimentarse, pasando a depender en gran medida de alimentos importados. Este impulso hacia la industrialización agraria, consideró que los agricultores y agriculturas no aportaban en demasía a la economía, a pesar del elevado número de personas dedicadas al sector. De este modo, se justificó su expulsión del campo, incrementando la cuantía de personas hacinadas en las ciudades, sin empleo o con trabajos precarios, además de una progresiva privatización de la tierra y un alejamiento de los recursos fundamentales, agua, tierra, bosques….La agricultura pasó a ser dependiente de la industria y del sector servicios donde se genera la actividad económica y empresarial. Este hecho favoreció a grandes empresas con un modelo agrario intensivo y de gran escala, dedicado especialmente a la agroexportación.
El crecimiento agrícola está ligado al modelo de crecimiento económico basado en el aumento de la productividad, aumento del consumo y concentración de capital. Esta intensificación de la producción, se inicio con la idea malthusiana de que un aumento de la población supondría una producción insuficiente de alimentos para el Planeta. Las consecuencias en la pérdida nutricional del producto, sus efectos sociales y ambientales rápidamente cuestionaron esta “revolución” en la producción. Los datos nos revelan que la situación del hambre y la subnutrición siguen siendo muy elevados, tras años de confiar en el crecimiento económico como única política para mejorar la situación de las personas que sufren hambre crónica y subnutrición (FAO, 2012). De hecho, en las últimas décadas se ha triplicado la producción de alimentos, cuando la población únicamente se ha duplicado (GRAIN, 2008), es decir que no hay escasez, sino que es necesaria una justa redistribución y un acceso a la tierra cultivable para la autoproducción y la diversificación de la alimentación.
La Biotecnología en la alimentación se asienta en los mismos argumentos que la Revolución Verde: no se podrá alimentar a una población creciente sin el uso de cultivos transgénicos. Esta afirmación no se ha podido constatar e incluso se ha podido descartar en distintos análisis. Los transgénicos se han expandido sin tener en cuenta el principio de precaución, (Tickner, Riechman, 2002), y por tanto sin saber las consecuencias que puede tener en nuestra salud como consumidores, los factores sociales derivados y la amenaza de una pérdida de biodiversidad. Esta fórmula está unida a la extensión del monocultivo, con prácticas contaminantes para el suelo, para los cultivos aledaños, y supone un riesgo para la salud de las personas que trabajan en estos campos o zonas cercanas16. Además, según la organización GRAIN, este modelo agrario es el causante del 55% de los gases de efecto invernadero, contribuyendo a la aceleración del cambio climático.
La subida de los precios de los alimentos es otra de las consecuencias del cambio de modelo agrario, y a su vez, del incremento del hambre y la malnutrición. Entre sus múltiples causas se encuentra la especulación alimentaria como parte de este modelo agroindustrial, alcanzando sus cotas máximas en la Bolsa de Chicago, donde se especula con los contratos de futuro de los productos agrícolas. La especulación no es sobre la materia prima en sí, sino sobre los contratos, pero de igual modo, si una demanda elevada de un contrato de futuro, el precio de una materia prima, como el trigo, aumenta. El problema radica en que los precios de los alimentos suelen seguir estas tendencias especulativas.
De igual modo, su dependencia del petróleo provoca que una subida del precio del mismo incremente directamente el coste de los alimentos. Igualmente se relaciona la producción de biocombustibles o agrocombustibles con la subida de productos básicos como el trigo y el maíz.
Desde Organismos multilaterales como NNUU, se ponen en marcha programas para combatir el hambre y la pobreza. Los Objetivos del Milenio forman parte de esta intencionalidad internacional en reducir la pobreza. Así, su primer objetivo es reducir a la mitad el porcentaje de personas que padecen hambre para el año 2015, pero en cambio la articulación de sus políticas de liberalización del comercio, a través de sus órganos principales como el FMI y el Banco Mundial, únicamente genera mayor inseguridad alimentaria. A pesar de ello, los ODM son el referente de la agenda política internacional en cuanto a cooperación y desarrollo, por tanto, deben ser un instrumento de presión. (Gómez Gil, 2004)
La FAO en su último informe sobre el Estado mundial de la Agricultura y la Alimentación, advierte que en las últimas tres décadas, en los países y regiones donde se ha perdido capital agrario y hay un menor gasto público destinado a agricultores, son actualmente los epicentros de la pobreza y el hambre en el mundo. Añade que existe una preocupación cada vez mayor por la adquisición de tierras a gran escala por parte de empresas, fondos de inversión, fondos soberanos, debido a las consecuencias que este hecho puede acarrear a nivel local, y los efectos sociales y ambientales derivados. La institución dicta que se debe velar por la igualdad entre la pequeña agricultura y los grandes inversores, pero como parte de las Instituciones de globalización alimentaria, sus políticas siguen apoyando a la agroindustria principalmente, y este hecho no es compatible con la reconversión o el mantenimiento de un tipo de modelo agrario tradicional y sostenible. Por tanto, no afronta las causas estructurales de la pobreza y de la crisis alimentaria, manteniendo declaraciones ambiguas.
Un ejemplo de las consecuencias del modelo agroindustrial, es expuesto por Vandana Shiva, que relata los abusos sufridos en la India como consecuencia de las políticas neoliberales iniciadas en 1991 en la India, y por las que se introdujeron las medidas de ajuste del Banco Mundial, y el Fondo Monetario Internacional. Así, afirma que “el fenómeno de la cosecha robada se experimenta en todas las sociedades a medida que las pequeñas explotaciones agrícolas y pequeños agricultores están siendo forzados a extinguirse, a medida que los monocultivos sustituyen a los cultivos diversos, a medida que la agricultura y la ganadería están siendo transformadas y de la producción de alimentos nutritivos y diversos pasan a convertirse en mercados para semillas, herbicidas y pesticidas modificados genéticamente”. Para Shiva, el mito del libre comercio y de la economía global es “un medio que tienen los ricos para robarles a los pobres su derecho a la comida, e incluso su derecho a la vida”. En la India, la gran parte de la población se dedica a la producción de alimentos (aprox. un 70% de la población), y ese es su sustento, mientras en países industrializados únicamente se dedica a la agricultura un 2% de la población (Shiva, V. 2000).

Bibliografía:

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